La historia del Malbec, un emblema nacional

Es nuestra uva símbolo. Nuestro emblema. Nuestro orgullo nacional. Nuestro as bajo la manga frente al mundillo vitivinícola internacional. Nuestro “10”, que brilla en todas nuestras regiones vinculadas a la elaboración del mejor vino.

Sin más preludios, con ustedes, Su Majestad el Malbec. El cepaje que nos hizo famosos en todas las latitudes. Este exponente tinto, versátil, amable y muy seductor, que está a la altura del dulce de leche, el bife de chorizo y el tango.

Caprichos de la naturaleza, combinados con el puro talentos de nuestros enólogos, el destino quiso que este noble varietal encontrase su hogar en la Argentina. Si bien su origen es francés y su tierra natal está vinculada al sudoeste de la nación gala, aquí la hemos adoptado, pues se sintió cómoda desde que llegó a las lejanas pampas.

Hacer referencia (y reverencia) al Malbec nos emociona, nos eriza la piel y nos conmueve. Siempre, por supuesto, con moderación, disfrutar de una enjundiosa copa de esta sutil y refinada uva nos llena el corazón de alegría.

Sus notas delicadas, su elegancia a flor de piel, sus aromas y sabores a frutos rojos, sus taninos sedosos y eternamente envolventes, nos llevan a hacer una reverencia sentida. Sí, su mera presencia violácea profunda nos invita a rendirle un sinfín de homenajes.

Malbec, querido, Malbec. Frente a ti nos emocionamos. Pensamos en brindis especiales, con amigos, en familia y, lógicamente, en la cotidianidad. Porque está presente en cualquier mesa de paladares vinófilos que lo aprecian con creces.

Hemos explicado que es un hijo que adoptamos con mucho amor, desde las lejanas tierras europeas, del otro lado del Océano Atlántico. Pero, ¿cuál es su historia en terruño albiceleste? ¿Cómo se ha desarrollado?

Los libros y manuales especializados en viticultura narran que todo se lo debemos al Gran Domingo Faustino Sarmiento. Sí, aquel que no faltaba nunca a clases y nos dejó un legado inconmensurable en materia educativa.

Pero, vayamos paso a paso. Si nos referimos al origen, existen diversas versiones (no sabremos, a ciencia cierta, cuál es la verídica).

Los orígenes del Malbec

En primer lugar, es importante afirmar que el Malbec es una uva que no pasa desapercibida. En vista, se caracteriza por tu profundo color violáceo, pues pertenece a las “Cots”, uvas con intensa carga colorante, entre las que también están, por ejemplo, Petit Verdot y Tannat.

Según el revisionismo histórico, la primera teoría sostiene que las Cots entraron en Francia, de la mano de los romanos, pueblo que expandió el cultivo de la vid por toda Europa en tiempos del recordado Imperio.

La segunda hipótesis, sin embargo, afirma que es un cepaje nativo de la región costera francoalemana en las márgenes del río Rhin.

Por último, una tercera postura cuenta que su lugar de origen fue la antigua provincia francesa de Quercy, pegadito a Cahors, en la proximidad de los Pirineos, en el sudoeste de Francia.

En definitiva, es casi una misión imposible determinar cuál de estos tres relatos es el más fidedigno. Lo que sí podemos concluir, con certeza, es que en la zona de Cahors el Malbec se afianzó y se dio a conocer ante el mundo vinófilo.

Otro dato interesante es que este cepaje, devenido en estrella blanquiceleste, es resultado de una cruza genética entre las uvas Magdeleine Noir de Charantes (uva de mesa) y Prunelard N (añeja cepa de la zona de Gaillac). Durante el Imperio Romano, el vino de Cahors gozaba de muy buena reputación y ello duró unos cuántos años más.

El Malbec en la Edad Media y la Modernidad

Corría el año 1150 después de Cristro, cuando la recordada duquesa francesa Leonor de Aquitania se casó con el rey Enrique II de Inglaterra. Ello, fomentó el comercio entre ambos países y, de este modo, el Malbec se difundió en tierras británicas.

Así, Inglaterra comenzó a importar con frecuencia vinos de Cahors, hasta el año 1337, cuando estalló la guerra en aquella nación europea. Si bien mantuvo su buen nombre, el Malbec del sudoeste francés empezó a flaquear en aquellas latitudes. Lo importante es que 200 años después, esta casta que hoy nos enorgullece se metió de lleno en la corte del rey francés, dejando una huella profunda en la historia.

Las diferentes medidas económicas tomadas en el país galo propiciaron las exportaciones en el resto del continente europeo y, fundamentalmente, en los Estados Unidos. Según vertientes históricas, los zares de Rusia era verdaderos fans del Malbec. Este ascenso fue imparable hasta los albores del Siglo XIX, cuando la historia empieza a escribirse de otro modo. El vino de Cahors dejaba de ser prestigioso.

Las razones de la estrepitosa caída fueron varias. En primer lugar, los bodegueros de Burdeos hicieron un fantástico lobby para quedarse con los mercados extranjeros más importantes. En segundo término, los viticultores se inclinaron hacia otras variedades uva que daban mejores resultados en sus terruños. Así, el Merlot y el Cabernet Suvignon picaron en punta.

Una tercera razón ha sido la nefasta filoxera, bichito que casi arrasa todos los viñedos europeos y, en especial, barrió con toda su furia los de Cahors, que se vieron muy dañados.

De este modo, el Malbec, otrora protagonista, quedó muy relegado y pasó a ser un actor de reparto en la escena internacional. Finalmente, fomentado por el gobierno chileno y el siempre presente prócer argentino Domingo Faustino Sarmiento, esta uva llegó a Sudamérica.

En 1840, entró a Chile, junto a otros cepajes y especialistas franceses de altísimo nivel. En 1853, el Malbec desembarcó en la Argentina gracias a Michel Aimé Pouget para relucir la Quinta Agronómica de Mendoza, por pedido de Sarmiento.

La revancha del Malbec

Esta noble uva, castigada en el sudoeste francés por los efectos devastadores de la filoxera, encontró su nuevo hogar en la Argentina. Pouget percibió que aquí se adaptaba de maravillas, fundamentalmente, en los terroirs mendocinos. Se dio cuenta que los resultados obtenidos eran mucho mejores que en Francia, donde era solamente utilizada en pequeños porcentajes en los vinos de corte para darle intensidad cromática a los caldos.

A partir de entonces, su expansión en los viñedos argentinos fue imparable, indomable y gratamente satisfactoria, creciendo año a año su volumen en toda nuestra superficie implantada con viñedos.

Por sus rendimientos, su flexibilidad para la vinificación, su comprobada resistencia a pestes y su óptima maduración, los viticultores locales la han adoptado como propia. Pronto, empezaron a llegar los elogios, galardones y premiaciones a nivel internacional. El Malbec, sin querer queriendo, se convirtió en nuestra cepa emblema. Encontró en estos pagos su lugar en el mundo, donde brinda sus más salientes vinos.

Un dato más. El nombre Malbec deriva del viverista húngaro Malbeck, uno de los primeros en identificarla y expandirla en Cahors. Luego, la uva llegó a Burdeos, en donde también se conoce como Auxerrois.

Lo curioso es que, con el tiempo, la palabra Maleck eliminó la letra k del apellido de aquel especialista en vides, quedando simplemente Malbec, quizás, en alusión a una palabra similar en francés, que quiere decir “mal pico”, debido a su sabor áspero y amargo que entregaba la uva en esa región.

¡Salud y hasta la próxima!

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