Actualizado el 19/07/2026: Se incorporaron datos históricos verificados sobre los hábitos vínicosde Napoleón Bonaparte: su consumo mensual de Grand Constance en Santa Elena, el jerez hallado en su carruaje tras Waterloo y la cifra de 500.000 botellas de vino consumidas durante la expedición a Egipto.
Napoleón Bonaparte conquistó media Europa, pero en la mesa era otra cosa. Comía de prisa, inclinado sobre el plato, sin ceremonias ni protocolo. Y sin embargo, su nombre quedó asociado a algunos de los grandes vinos de la historia europea.
En gastronomía, el término «napoleón» tiene dos acepciones. La más conocida es el postre: una torta de hojaldre en capas con crema pastelera, llamada también milhojas, atribuida a la repostería francesa del siglo XIX. La otra acepción remite al propio Napoleón Bonaparte y su peculiar relación con el vino y la comida: según el historiador de Oxford Michael Broers, fue un hombre «virtualmente abstemio» que prefería el café, bebía con moderación y comía a una velocidad que desconcertaba a sus invitados.
En 30 segundos
- Su vino favorito fue el Chambertin, un Pinot Noir de Gevrey-Chambertin en Borgoña que bebió durante al menos quince años según su secretario Emmanuel de Las Cases.
- Era casi abstemio: prefería el café, diluía el vino con agua y comía en minutos sin distinguir demasiado entre platos.
- En Santa Elena consumía 30 botellas por mes de Grand Constance, un vino dulce sudafricano que lo acompañó en el exilio.
- Tras Waterloo, se encontró una botella de jerez en su carruaje de escape; se subastó en Christie’s por £25.000.
- El clarete inglés tiene raíces en el siglo XII, cuando Leonor de Aquitania facilitó el comercio de los vinos claros de Burdeos hacia Inglaterra.
¿Qué es un napoleón en gastronomía?
El napoleón gastronómico es un postre clásico de la repostería francesa: capas alternas de masa de hojaldre y crema pastelera, a veces coronadas con glasé o azúcar impalpable. En distintos países de América Latina recibe el nombre de milhojas o cremona. La asociación con Napoleón Bonaparte es disputada: hay historiadores que sostienen que el nombre derivó de «napolitano» (de Nápoles), no del militar corso.
Ahora bien, cuando la pregunta sobre qué es un napoleón en gastronomía apunta al personaje histórico, la respuesta es menos glamorosa. Napoleón Bonaparte fue uno de los militares más brillantes de todos los tiempos y uno de los comensales más despreocupados. Quienes lo rodeaban lo describían como alguien muy poco atento a los placeres de la mesa: comía de prisa, sin ceremonias, a una velocidad que desconcertaba a sus invitados.
Criado en Córcega, donde el vino formaba parte de los banquetes familiares pero sin el refinamiento de la aristocracia francesa, Napoleón pasó sus años de formación en la academia militar comiendo en lugares modestos. Su salario distaba de ser suculento. Ese origen explica bastante.
¿Cuál era el vino favorito de Napoleón y por qué lo prefería?
Su vino de cabecera fue el Chambertin, un tinto de Pinot Noir de la appellation Gevrey-Chambertin en Borgoña. Según Emmanuel de Las Cases, su secretario, Napoleón bebió el mismo vino de Borgoña durante al menos quince años. No era coleccionismo ni afectación: era rutina cuasi militar.
Lo que sí resulta llamativo es la logística que montó alrededor de ese vino. Durante la campaña de Egipto, el mariscal Louis de Marchand dejó escrito que «lo único frío que había en la campaña era el Chambertin de Napoleón». Las cajas viajaron a lomos de camello a través del desierto. En una expedición de esa escala se calcula que se consumieron cerca de 500.000 botellas de vino entre oficiales y tropa.
El Chambertin también lo acompañó en Rusia. El mariscal Marchand dejó escrito que «lo único cálido que había bajo el cielo gélido de Rusia era el Chambertin de Napoleón», en medio de una de las retiradas más catastróficas de la historia militar.
Hay que aclarar, eso sí, que no era un bebedor voraz. El historiador Michael Broers, de la Universidad de Oxford, lo describe como «virtualmente abstemio»: prefería el café, consumía el vino en cantidades modestas y lo diluía habitualmente con agua. La imagen del gran sibarita vínico es más leyenda que historia.
El Champagne y la amistad con Moët
Napoleón también bebía Champagne, aunque la narrativa popular exagera esa relación. La conexión real fue personal: conoció a Jean-Rémy Moët en la academia militar de Brienne-le-Château, y esa amistad se tradujo en un vínculo duradero con la maison Moët & Chandon. El 26 de enero de 1814, antes de la Batalla de Brienne, se distribuyeron 300.000 botellas de Champagne y brandy entre las tropas. Era motivación táctica, no sibaritismo.
El exilio en Santa Elena y el Grand Constance
En Santa Elena, derrotado y confinado en una isla del Atlántico Sur, Napoleón encontró un vino diferente: el Grand Constance, un vino dulce producido en la región del Cabo de Buena Esperanza, Sudáfrica. Consumía aproximadamente 30 botellas por mes durante sus últimos años de vida. Cuando falleció en 1821, entre sus pertenencias había envíos de «vinos claretes, uvas, Champagnes y Madeiras», pero ninguno de los que lo acompañaron en ese ocaso se interesaba particularmente por los vinos.
Un último dato que dice mucho sobre el personaje: cuando su carruaje fue capturado tras la derrota de Waterloo, entre sus pertenencias se encontró una botella de jerez. Esa botella fue subastada en Christie’s London por £25.000. Ni en la derrota total prescindía de un buen vino.
Los vinos de las campañas italianas
Durante sus campañas en Italia, Napoleón también bebió los vinos locales: la Barbera d’Asti y la Barbera del Monferrato, tintos piamonteses de estructura firme y acidez marcada. No está claro si lo hacía por genuino placer o simplemente porque era lo que había disponible. Probablemente lo segundo. Lo interesante es que, a diferencia de su devoción casi ritual por el Chambertin, estos vinos no dejaron rastro en sus memorias ni en las de quienes lo rodeaban.
Leonor de Aquitania y el origen del vino clarete
Reina de Francia y de Inglaterra, Leonor de Aquitania fue una de las figuras más influyentes de la Edad Media. También fue, de forma involuntaria, protagonista de uno de los capítulos más importantes en la historia del terroir europeo. Alrededor de 1150, los vinos de Burdeos comenzaron a diferenciarse claramente de los que llegaban de las «tierras altas»: los de las alturas eran oscuros y afrutados, mientras que los bordeleses resultaban más claros y ligeros.
Los mercados de exportación, en especial Inglaterra, apreciaron esos vinos más claros y empezaron a llamarlos «clarete». Leonor, consumidora de esas etiquetas, facilitó el comercio vínico entre franceses e ingleses en un contexto político extraordinariamente complicado. Los ingleses mantuvieron ese vínculo con Burdeos incluso después de ser expulsados de la ciudad.
El legado es concreto y medible: el término «claret» que todavía usan los ingleses para referirse a los tintos de Burdeos viene directamente de esa época. Un dato lingüístico que sobrevivió ocho siglos y que sigue apareciendo en las cartas de vinos de los pubs londinenses.
Wellington: los mejores vinos en la mesa de un casi abstemio
Arthur Wellesley, el duque de Wellington, fue el hombre que derrotó a Napoleón en Waterloo. En la mesa era casi su opuesto: apenas bebía vino, comía con austeridad extrema y llevaba la sobriedad casi como una filosofía de vida.
Y sin embargo, en su mesa siempre se sirvieron vinos de primera línea. Wellington decía: «Me preocupo por pagar siempre mis facturas». Mezclaba carne, arroz y verduras en el mismo plato y bebía muy poco vino.
Wellington representa, mejor que nadie, la diferencia entre el coleccionismo de vino y el placer de beberlo. Tenía la cava. No la necesitaba.
El decreto de Domiciano: cuando Roma quiso arrancar la vid
Domiciano, emperador de Roma entre los años 81 y 96 d.C., tomó una de las decisiones más impopulares de la historia vínica: ordenó arrancar viñedos en diversas regiones del Imperio para priorizar el cultivo de cereales. Hijo del gran Vespasiano y hermano y sucesor de Tito, Domiciano se ocupó también de la fortificación del limes del Danubio y de las guerras contra los pueblos bárbaros del centro de Europa. Pero fue el decreto contra la vid lo que le valió mala fama entre buena parte de la población.
Los campesinos, según los indicios históricos, no obedecieron plenamente la orden. La vid siguió cultivándose en diversas regiones del Imperio. El decreto fue finalmente derogado por el emperador Probo, quien reconoció lo que Domiciano no quiso ver: el vino estaba demasiado arraigado en la cultura romana como para ser arrancado por mandato.
Preguntas frecuentes
¿Qué vino tomaba Napoleón Bonaparte?
Su vino favorito fue el Chambertin, un tinto de Pinot Noir de la appellation Gevrey-Chambertin en Borgoña. Según su secretario Emmanuel de Las Cases, lo bebió de forma constante durante al menos quince años. Lo llevaba consigo en todas las campañas militares, incluyendo Egipto y la invasión a Rusia.
¿Qué es un napoleón en gastronomía?
En gastronomía, un «napoleón» es un postre clásico de la repostería francesa: capas alternas de masa de hojaldre y crema pastelera, conocido también como milhojas. La atribución del nombre a Napoleón Bonaparte es disputada: algunos historiadores sostienen que derivó del término «napolitano». Si la pregunta apunta al personaje histórico, Napoleón Bonaparte en gastronomía fue conocido por todo lo contrario al refinamiento: comía a velocidad militar, sin ceremonias, y bebía con mucha moderación.
¿Cuánto vino bebía Napoleón en el exilio?
Durante su exilio en Santa Elena consumía aproximadamente 30 botellas mensuales de Grand Constance, un vino dulce producido en la región del Cabo de Buena Esperanza en Sudáfrica. Era uno de sus pocos placeres en los últimos años de vida, cuando el Chambertin de Borgoña era difícil de conseguir en esa isla del Atlántico Sur.
¿Por qué el clarete se llama «claret» en inglés?
El término inglés «claret» para los tintos de Burdeos viene del siglo XII, cuando los vinos más claros y ligeros de esa región comenzaron a diferenciarse de los vinos oscuros de las tierras altas francesas. Leonor de Aquitania facilitó el comercio de esos vinos entre Burdeos e Inglaterra, y el nombre quedó grabado en el idioma. Ocho siglos después, los ingleses siguen usando ese término en sus cartas de vinos.
Conclusión
La historia de Napoleón y el vino desmiente su propia leyenda. No fue un sibarita ni un conocedor refinado: fue un militar que comía de prisa, bebía con moderación y se mantuvo fiel a un solo vino durante quince años. El Chambertin no era un capricho estético sino casi una constante táctica que lo acompañó en Egipto, en Rusia, en las victorias y en las derrotas.
Lo que queda de todo esto no es un legado gastronómico, sino algo más interesante: la evidencia de que incluso las grandes figuras históricas tenían relaciones complejas y contradictorias con el vino. Wellington casi no bebía y tenía la mejor cava. Napoleón era casi abstemio y viajaba con cajas de Chambertin a través del desierto. Domiciano quiso arrancar la vid del Imperio y la vid sobrevivió. El vino, en todos los casos, dice más sobre la época que sobre el paladar de quien lo sostenía.




